El testimonio de su vida

Comenzó entonces su vida como religiosa y educadora superando la rutina de las tereas de cada día, y su esfuerzo constante la llevó, a través de una humilde e incesante práctica de las virtudes cristianas, al único fin de la vida humana: la santidad. Muchos colegios aprovecharon de su fértil apostolado: el de Cernusco, el de Milán situado en la Via Amedei, el de Génova, el de Chambéry en Saboya, durante sus vacaciones de otoño y por último, de nuevo en Milán, el de Via Quadronno: casa Madre.

La hermana Sala expresó su completa obediencia no sólo aceptando complaciente todos estos cambios, dolorosos para ella, a causa de su gran sensibilidad, sino también por su total dependencia de la Madre Superiora y de las hermanas.

Chambéry (Saboya-FR). El castillo de los Duques de Saboya.

«Daba la impresión de que hubiera hecho voto de obediencia a todas las Hermanas» - dijo un testigo. Estaba siempre a la disposición de sus alumnas o de cualquiera que necesitase su consejo.

«Voy en seguida» fue el lema de su vida, esa vida puesta irrevocablemente al servicio de todos. Un «Voy en seguida» que le hacía interrumpir incluso sus más importantes actividades como sus lecciones meticulosamente preparadas, privándola así de un tiempo precioso para prolongar sus encuentros con Dios, ardiente deseo de su alma contemplativa. Con su «Voy en seguida», la hermana María Ana supo guardar su promesa de amor hacia Dios, con la humildad y la pobreza de aquellos que se consagran a Dios. La presencia de Dios estaba siempre en ella: presencia que era para ella como el aire que se respira. Sus alumnas notaban esa presencia cuando escuchaban en clase sus explicaciones siempre caracterizadas por un profundo espíritu religioso que atraían su atención y llegaban a sus corazónes.

También notaban dicha presencia cuando estaban con ella en la capilla para la oración comunitaria, cuando la veían caminar apresuradamente a lo largo de los pasillos tornando con gusto sus ocupaciones, cuando la veían tarde en la noche arrodillada largo rato en su última conversación cotidiana con Jesús Crucificado.

«Es una hermana extraordinaria», decían sus alumnas refiriéndose a ella. «Es una santa» se atrevía a decir alguna de ellas. Naturalmente no sin haber experimentado su santidad poniendo a prueba, como lo saben hacer los adolescentes de cualquier época con sus profesores, su paciencia, su firmeza, su piedad, su infinita capacidad de comprensión, de perdón, de fe, de esperanza y de amor.

La hermana María Ana poseía esos dones de verdadera educadora porque dentro de su fuerte personalidad era una mujer de una dulce firmeza.

Y de esa dulzura y firmeza experimentó una violencia: esa violencia que permite conquistar el Reino de Dios.