Su sufrimiento

Tras esa efusión de sentimientos, por cierto bien controlada, la posdata de su carta a la Madre Superiora Locatelli, nos muestra su intento de recobrar el control de si misma para que sus sufrimientos no aflijan a los demás.

La hermana María Ana fue siempre así; sola-mente las personas que la observaron atentamente y que lo atestiguaron en el proceso pudieron tener el presentimiento de su participación en el misterio de la Cruz con el cual Cristo llama a sus discípulos.

Milano, il Collegio di via Quadronno, dove mori la beata Maria Anna Sala.

Indudablemente las inevitables miserias humanas de la vida en comunidad la afligieron, sin embargo siempre las aceptó con serenidad. Así como la afligieron también las frecuentes advertencias de la Madre Videmari, advertencias hechas de buena fe, puesto que ésta estaba convencida de que los santos deben ser puestos a prueba.

Tampoco fue dispensada del sufrimiento físico. La enfermedad que le causó la muerte se manifestó por lo menos ocho años antes de estar en Via Quadronno, en Milán. Tenía un tumor maligno en la garganta, el cual le causó una hinchazón en el cuello.

Para disímularla, Sor María Ana llevaba puesta, con sencillez, una pequeña bufanda negra. Después de los fuertes ataques que le causaban un agudo dolor y que la obligaban también a interrumpir sus lecciones en clase, su dulce sonrisa hacía olvidar a la gente el gran sufrimiento del cual era víctima. Efectivamente, tomó la costumbre de referirse, bromeando, a su fea deformidad como a «su collar de perlas».

Jamás confesó cuanto sufrió, incluso durante los últimos meses de su vida.

«Estoy bien» escribía a su hermana el 26 de julio de 1891.

Vivía lo que había afirmado algunos años antes, con la lógica de los que aman mucho a Cristo Crucificado:

«Tenemos que ser fuertes, mi querida Genoveva, y servir al Señor mejor que nunca, incluso cuando El nos pide un sacrificio; si es que podemos llamar sacrificio a las pequeñas dificultades que tenemos que afrontar cuando intentamos ser virtuosas. Por cierto, ¿qué es nuestro sufrimiento comparado con el que sufrió por nosotros Jesús, nuestro amado Esposo? Por el contrario, deberíamos alegrarnos y darle gracias a Dios cuando El nos ofrece la oportunidad de probar nuestro amor y fidelidad hacia El. Pues entreguémonos completamente a Dios y El nos ayudará a ser santas.» (a Sor Genoveva, 16/10/1874).

Ser santa fue para Sor María Ana una cuestión de verdad, de fidelidad y de coherencia. Esta fue su promesa de mujer bautizada y consagrada, y la cumplió con simplicidad y una gran disciplina ascética que nunca se manifestaba en grandes acciones sino en la práctica continua y perseverante de las virtudes más simples.

De todas maneras la esperanza celestial aliviaba esa disciplina interior.

Su anhelo por alcanzar el cielo, en el que siempre implicó a sus alumnas lo mejor que pudo, parece ser más fuerte y más frecuente al final de su vida.

El 10 de agosto de 1891, escribía a Annunciata Crosti:

«Animo y ten fe; estate segura de que rezo sinceramente por ti y por tus seres queridos. Y tú ruega por mí a Nuestra Señora, especialmente es estos dias en que nos preparamos para la bella solemnidad de la Asunción ¡Sursum corda, querida, sursum corda! El precio de la gloria eterna nunca es demasiado alto.»

En el otoño de 1891 Sor María Ana había vuelto a empezar sus numerosas actividades y la enseñanza en los cursos superiores. Antes de finalizar los primeros días de clase, tuvo que interrumpir su trabajo y fue enviada a la enfermería del colegio. Su enfermedad venció su fuerza física y moral y sufrió, horribles dolores durante quince días.

El 24 de noviembre mientras las otras hermanas recitaban la letanía de Nuestra Señora en la capilla, Sor María Ana Sala pasó a la vida eterna pronunciando las palabras «Regina Virginum» y en su lecho de muerte parecía como transfigurada por una nueva belleza, incluso los signos de su enfermedad habían desaparecido.

Se unieron hermanas, alumnas y antiguas alumnas para divulgar la fama de su santidad. Unas veían en ella a la religiosa ejemplar fiel a la observancia de la Regla; otras reconocían en ella a la maestra cuya enseñanza estaba marcada por la fe y recodaban el ejemplo de su vida que había tenido un pape) determinante en los jóvenes años de su formación.

Y cuando en 1920 su cuerpo exhumado fue hallado intacto, el interés por no olvidar nunca a Sor María Ana Sala fue renovado y sus antiguas alumnas se unieron a las hermanas de Santa Marcelina para pedir que un proceso de beatificación se llevara a cabo. Varias de ellas participaron igualmente al proceso informativo aportando el testimonio del heroísmo de las virtudes de Sor María Ana Sala.