Sus cartas claras como el limpio cristal guardadas como tesoro de gran valor, por algunas de sus corresponsales, nos ayudan a comprender no sólo su expresivo estilo sino también su estilo de vida.
En febrero del año 1869, la hermana María Ana escribía a su hermana Sor Genoveva, que era come ella maestra de las Marcelinas, la siguiente carta:
«Querida Genoveva:
Como siempre respondo a tu carta con rapidez, ésta me ha sido muy agradable, así como la bella estampa que me has enviado. ¡Oh!, gracias por el afecto que manifiestas hacia mi, muchísimas gracias! Siento que estés resfriada y espero que seas prudente y que pronto estés bien. Sí, intenta mantenerte fuerte y en salud porque es así como podremos realizar mejor nuestro trabajo. Mantén tu alegría y piensa que Dios realmente tiene preferencia por ti y te ayudará más de lo que piensas en la labor de educar y enseñar correctamente a tus alumnas. No pienses que tu labor es tiempo perdido, aunque no veas inmediatamente el fruto de tu trabajo, ten paciencia y con la ayuda de Dios, tu labor en la viña del Señor se verá recompensada.
Si a veces pensamos que nuestro trabajo es superior a nuestras fuerzas, no nos dejemos acobardar, al contrario, pues diría que es en esos momentos cuando tenemos derecho a esperar una mayor ayuda de Dios. De hecho, si la voluntad de nuestros Superiores es para nosotros la voluntad de Dios, debemos decir que es Dios quien nos ha puesto en esta Escuela, en este servicio y así sucesivamente. Dios no nos dará nunca un trabajo superior a nuestras fuerzas; por lo tanto es cierto que cuanto más lo necesitemos, más El nos ayudará para que no se pierda Su Obra.
Pues, anímate y alégrate; tratemos de hacer lo que podamos para mejor cumplir con nuestro deber, pero acordémonos de que también el Señor debe cumplir con el suyo y El lo hará como siempre lo ha hecho.»
Son estas profundas convicciones que estaban a la base de su opción existencial. Sor María Ana, sabia cuán exigente era el apostolado en la escuela, pero lo amaba porque colaboraba así con Jesús, su Maestro.
Así escribía a su alumna Angelina Panzarasa:
«Te estoy muy agradecida por tu bellísima carta y la considero como un buen deseo, pues el próximo año escolar yo encontraré en ti a una de esas alumnas que convierten la labor de educadora, que tanto amo, en algo agradabilísimo. Es cierto que no valgo mucho pero confia en que Dios valorizará mi buena voluntad de abnegación total para que tanto tú como mis queridas alumnas obtengáis el mejor resultado.» (5/10/1880)
La hermana María Ana trabajaba incansablemente para sus alumnas porque quería que ellas no sólo aprendíeran sino que fueran fuertes en la fe y en las virtudes cristianas como la «mujer virtuosa» de las Sagradas Escrituras. También sabía animarlas en los momentos más difíciles de la vida.
«Ten valor querida Virginia, valor y siempre confianza en Dios que constantemente vela por ti como un Padre afectuoso. El Señor no te abandonará nunca, te ayudará a educar bien a los hijos que te confió como sagrados tesoros, te recompensará por todo lo que harás para que crezcan en el Amor de Dios y para la sociedad. Te ayudará en los momentos de adversidad, y te colmará de esa gracia divina que llena de fervor el corazón de una madre buena y virtuosa.» (a Virginia Limonta, 29/7/1877)
Declaración de una alumna en el Proceso:
«Su única finalidad en su profesión de maestra fue formar verdaderas cristianas que formasen a su vez cristianamente a sus propias familias, difundiendo así el Reino de Dios.»
Otra alumna añade:
«La finalidad de su enseñanza fue formar a sus alumnas para que fueran madres de familia verdaderamente cristianas.»
Sor María Ana siempre mantuvo con sus alumnas unas relaciones sinceras, leales y de extrema claridad. Pues la sinceridad constituía para ella una necesidad. Sus alumnas lo comprendían y sentían por ella un afecto sincero.
El afecto de Sor María Ana hacia ellas tenía la fuerza de la realidad simple y auténtica; como lo escribiría ella misma con sorpresa en una de sus cartas más significativas dirigida a la Madre Superiora del colegio de Génova después de haberle notificado su transferencia a Milán:
Milán, 1° de noviembre de 1878.
«Muy querida Madre Superiora Catalina:
Recibí ayer la noticia de mi nuevo destino. No puedo expresar el efecto que ésta produjo en mi corazón ya que todavía estoy confusa. Dios lo quiere así y me ayudará. ¿Es esa santa indiferencia de la que hablamos? ¡Qué lejos estoy de adquirirla! Me avergüenzo de mi misma, me creía capaz de cualquier sacrificio, sin embargo frente a la realidad experimento aún una viva reacción.
Querida Madre Superiora, rece por mí. La recordaré en mis oraciones cada día, ya que es éste el único modo de agradecerle las bondades que usted siempre tuvo hacia mí, las cuales siemprellevaré grabadas en mi corazón.
Me pregunto ¿Cuántas veces le causé pena con mi violenta y brusca naturaleza? Imploro su perdón y espero que usted me disculpará ante las demás hermanas si en algo las he ofendido. Por favor hágales presente mi cariño con la certeza de que siempre recordaré a cada una de ellas con afecto.
¿Y las queridas alumnas? ¿Las mayores sobre todo? ¡Oh!, si supiera qué pro fundo sentimiento siento al dejarlas! No me imaginaba que las quisiese tanto... Querida Madre Superiora, hágales presente mi cariño y salúdelas de mi parte. Que el Señor las bendiga este año y que sean para usted, querida Madre Superiora, así como para las otras hermanas, especialmente las que se ocupen de ellas, un verdadero consuelo.
Bueno, he de terminar esta carta y sin embargo tengo tantas cosas que decirle. Será para otra vez.
La saludo afectuosamente y una vez más le doy las gracias. Espero que rece por mi, a fin de que obtenga la fuerza para cumplir la voluntad del Señor.
Queda de usted afectuosamente
Sor María Ana Sala.»
«PD. - Volviendo a leer la carta pienso que se imaginará usted que no soy feliz aquí; no es cierto. Siento la separación pero Dios es bueno conmigo. La Madre Superiora me trata con más bondad y amabilidad de la que merezco, y todas las hermanas me demuestran un afecto sincero. Espero que el Señor me permita devolverles todas estas bondades.»